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Síndrome de Cotard: así viven los que piensan que están muertos

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Síndrome de Cotard: así viven los que piensan que están muertos

Mensaje por Azali el Miér Nov 30, 2016 3:45 pm

Síndrome de Cotard: así viven los que piensan que están muertos
Ilustración por Josetxu L. Piñeiro




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Es uno de los trastronos mentales más desconocidos. Quien lo sufre piensa que ha fallecido o deja de sentir partes de su cuerpo.
En España apenas se conocen casos. Una familia nos cuenta el suyo.


  • Regina Navarro
  • @reginnanm

30/11/2016 03:09
«A veces nos dice que no puede andar porque la mitad de su cuerpo sigue en la cama. Otras, se niega a comer porque su estómago, asegura, ha desaparecido... Pero peor es cuando nos dice que está muerta, o que lo estamos todos». Quien habla es la hija de una de las últimas pacientes españolas que ha sufrido uno de los trastornos psiquiátricos más peculiares y misteriosos que existen: el síndrome de Cotard.
La primera vez que se escuchó hablar de él fue en 1880, cuando el neurólogo Jules Cotard -de quien toma su nombre-, observó estos síntomas en una mujer que negaba la existencia de Dios, la del diablo y la suya propia. La llamó Mademoiselle X. Desde entonces, se ha avanzado poco en la investigación de esta enfermedad.
«Existen muy pocos estudios al respecto en nuestro país y, en general, tampoco abunda la literatura científica en otros países», confirma Manuel Sánchez Pérez, coordinador de la Unidad de Psiquiatría Geriátrica del Hospital Sagrat Cor en Martorell (Barcelona). «Su escasa frecuencia y su dependencia de otras enfermedades de base hacen que solamente se hayan publicado estudios observacionales, a propósito de uno o de pocos casos concretos».
Aunque sus síntomas son más o menos claros -un paciente, generalmente anciano, asegura tener algunos órganos del cuerpo paralizados, muertos, en descomposición o desaparecidos- y suelen asociarse a trastornos previos como depresiones psicóticas graves o esquizofrenias, su origen no lo es tanto.
«La esencia de los síntomas de negación corporal recuerda algunos síndromes neurológicos de negligencia o falta de reconocimiento de algunas partes del cuerpo. En este sentido, se ha sugerido la existencia de lesiones del lóbulo parietal del cerebro, pero de momento sin evidencias claras», asegura Sánchez Pérez, quien añade que la negación asociada a este síndrome también le da el sobrenombre de trastorno delirante nihilista.
Este especialista es uno de los pocos médicos españoles que ha tratado algunos de estos casos -no más de una docena- y ha publicado varios estudios al respecto. La serie con mayor número de casos fue publicada en 1995 por Germán E. Berrios, un psiquiatra peruano afincado en Cambridge, con 100 casos documentados de síndrome de Cotard.
Sánchez Pérez ha tratado uno de los casos más recientes en España: una paciente catalana cuya familia prefiere mantenerse en el anonimato. Al otro lado del teléfono, una de sus hijas no muestra reparos en describirnos las dolencias de su madre.
Ella, al contrario que la mayoría de pacientes que han desarrollado la enfermedad, no padecía ningún trastorno ni patología previa. «Éste es el segundo brote que sufre», recuerda. «El primero se presentó de pronto, bajo una desorientación súbita en el año 2001. Me llamó diciendo que no sabía hacer absolutamente nada. Estuvimos dos años visitando a diferentes especialistas hasta que al final descubrieron que tenía síndrome de Cotard».
El diagnóstico de este síndrome es complejo. Casi siempre se llega a él mediante la observación de los síntomas descritos y, aunque se realizan exploraciones complementarias, como pruebas de neuroimagen, sirven más para descartar otras afecciones que para confirmar el Cotard.
Durante los siguientes meses, la paciente fue tratada con terapia electroconvulsiva (TEC). Se le aplicaban sesiones cada 48 horas que se fueron distanciando en el tiempo hasta que pudo hacer prácticamente vida normal. Esto supuso varios años de TEC y la consiguiente pérdida de memoria asociada a este tipo de proceso.
«El tratamiento habitual incluye el uso de psicofármacos (antidepresivos y antipsicóticos, fundamentalmente), que suele resultar efectivo para el control de los síntomas psicóticos y de la depresión subyacente, pero el tratamiento más efectivo es, todavía hoy, la terapia electroconvulsiva», apunta Sánchez Pérez. Este método, administrado en la actualidad de forma muy controlada y segura, tiene una tasa de éxito del 80 por ciento.
El segundo brote de la paciente catalana apareció el pasado mes de mayo. En esta ocasión unos picores, que apuntaban a una alergia cutánea, precedieron a un cuadro más devastador que el anterior. «Durante los brotes, los pacientes suelen estar totalmente centrados en su experiencia delirante, que causa un gran sufrimiento y limita notablemente la relación con su entorno. Incluidas las personas más cercanas, a las que, en ocasiones, puede incluir en el mismo delirio y considerar que también están muertas», explica Sánchez Pérez . «Dado que los síntomas pueden aparecer de forma brusca, los familiares pueden vivir estas manifestaciones con mucha angustia».
Además, al creer que algunos de sus miembros o ellos mismos están muertos, muchos pacientes cometen actos de violencia contra su propio cuerpo. En los casos más graves, pueden acabar con su propia vida.
Uno de los mayores problemas con los que se han encontrado es la falta de conocimiento y de comprensión. Todavía hoy este síndrome se considera un cuadro clínico que aparece en el contexto de algunas enfermedades mentales. Su presentación es infrecuente y su incidencia real no se conoce, ni su evolución exacta. No se puede determinar todavía si un paciente que ya ha presentado un brote volverá a tenerlo o si se ha curado por completo. Tampoco si superará el siguiente.
La hija de la paciente catalana nos explica que no existen asociaciones de apoyo a los familiares, al menos en nuestro país. Desde la Administración es complicado conseguir ayudas económicas para hacer frente a un tratamiento que no es barato.
«La vida sigue, la sociedad no está preparada para estos casos: tienes que seguir cumpliendo unas normas, ir a trabajar...», denuncia, «pero no creo que esto sea exclusivo de quienes padecen Cotard, sino de buena parte de las personas con algún trastorno psiquiátrico. La vivencia es supervivencia. Uno se termina adaptando, pero eso no significa que no sea duro, que no sea difícil de llevar y que no te marque».

http://www.elmundo.es/papel/pantallas/2016/11/29/583c4837ca4741c3068b457c.html

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