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MARIELA CASTRO Y YO por Octavio Guerra

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Mensaje por Azali el Sáb Sep 26, 2009 11:48 am

MARIELA CASTRO Y YO (PRIMERA PARTE)


MARIELA CASTRO Y YO por Octavio Guerra Mariela+castro
Mis relaciones con la hija de Raúl Castro, Mariela, han sido indirectas pero muy ilustrativas.
Leo, mi esposa, fue una de las muchachas privilegiadas que ingresó en la flamante Escuela Formadora de Educadoras de Círculos Infantiles de Cojímar en 1976. En aquella época de la sovietización galopante del país, la inauguración de nuevas escuelas y hospitales era algo cotidiano. Era la fachada, el sistema Potemkin para halagar a una población ya mayormente decepcionada de las promesas revolucionarias de los sesenta y por la completa entrega del país al imperio ruso. Sin embargo, la escuela en cuestión era particularmente especial. Parecía una institución no ya propia de los países más avanzados, sino, literalmente, de ciencia ficción. Estaba diseñada como un adelanto de la futurísima utopía comunista. Contaba con un gran complejo de edificios e instalaciones deportivas construidos en la más bella zona costera del este de la Habana, con los mejores profesores del país en todas las ramas científicas, humanistas y pedagógicas; laboratorios de ensueño; con las mejores condiciones de vida y una magnífica alimentación servida con el más refinado protocolo para educar a las muchachas en los mejores maneras, etcétera, etcétera. A diferencia del resto de estas instituciones dedicadas a propagandizar las bondades del socialismo, cuyo funcionamiento óptimo, si es apropiado este adjetivo, era bien efímero, esta escuela funcionó impecablemente todo un curso, cuatro años completos. Ello nunca se debió a que el socialismo –sobre todo el cubano- fuera capaz de funcionar en algunas esferas, por muy reducidas que fueran, sino a que esta escuela era directa y diariamente supervisada por Vilma Espín, la ya difunta esposa de Raúl Castro, sí, el hermano menor de Fidel. Y esto no era un algún experimento social específico ni nada por el estilo. Ello se debía a que esta escuela fue diseñada y construida con el exclusivo propósito de educar a su hija, Mariela Castro. Esta, como era lógico, no era interna como el resto de sus compañeritas, sino que era traída y llevada de regreso a su casa en un vehículo oficial con guardaespaldas y todo. De más está decir que todos los trabajadores y alumnos eran periódicamente investigados por la seguridad del Estado y que, entre estos, había un buen número de agentes secretos que creaban varias barreras concéntricas en torno a la princesa de los Castro. Es cierto que, gracias al capricho del destino y de los Castro, mi esposa y sus compañeras fueron beneficiadas con la mejor educación media superior que se hubiera imaginado en Cuba y en muchos países. Sin embargo, a todas las muchachas que lograron ser aceptadas en esta escuela, les habían prometido que, una vez graduadas, podrían continuar sus estudios en la casi prohibitiva Facultad de Psicología de la Universidad de la Habana, cuya matrícula era especialmente selectiva. No obstante, al graduarse, esta posibilidad les fue negada, excepto, claro, a la heredera dilecta de los Castro. Un cuarto de siglo más tarde, para darle colofón a su carrera de privilegios, en el 2005, la familia Castro fundó el Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba (CENESEX), desde donde Mariela se construyó un prestigio políticamente correcto en defensa de los homosexuales, rodeándose de un halo de humanismo “aperturista” y democrático. Ahora bien, volviendo atrás y como era de esperar, una vez que Mariela se graduó, la Escuela Formadora de Educadoras de Círculos Infantiles perdió todos sus privilegios hasta que, en pocos años, la desahuciaron de su glamoroso complejo de Cojímar a una modesta ala de la Escuela Formadora de Maestros de la calle Vento, al sur de la Habana donde languideció hasta desaparecer durante los años del llamado “período especial”.
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Mensaje por Azali el Sáb Sep 26, 2009 11:50 am

MARIELA CASTRO Y YO (SEGUNDA PARTE)


MARIELA CASTRO Y YO por Octavio Guerra Guardaespaldas+de+Castro
Siempre me sentí incómodo cerca de los altos personajes del gobierno de Fidel Castro. La leyenda propagandística cubana de que el principal objeto de la CIA y “la mafia terrorista de Miami” es la eliminación física de los dirigentes de la revolución, ha justificado la creación y sostenimiento de un costosísimo ejército de guardaespaldas. El mismo, más que la protección de la cúpula del gobierno cubano contra las “amenazas” externas, se ha erigido en una muralla impenetrable para acentuar la distancia entre la “dirigencia” y el resto de la población.
Cierto mediodía soleado y caluroso de finales de los 70, iba sudando la gota gorda en una guagua repleta, una ruta 174, por Vía Blanca destino a la Universidad. El ómnibus paró rutinariamente frente a la Ciudad Deportiva. Cuando intentó salir para continuar viaje de detrás de otra guagua detenida en la misma parada, coincidió con la caravana de Fidel Castro, que venía a toda velocidad por la senda más cercana. Los escoltas de la misma, al ver bloqueado el paso por el ómnibus, rastrillaron sus armas y metieron los cañones de sus ametralladoras por las ventanillas, gritando amenazas. Los pasajeros apiñados gritaron de terror y no faltaron protestas indignadas. El ómnibus frenó y la caravana, evadiéndolo, continuó su camino. Al llegar a mi destino, aún las piernas me temblaban. Las historias que, en Cuba, se transmitían de boca en boca sobre las reacciones de los guardaespaldas de Fidel Castro eran tremebundas. En aquella época, se contaba que un infortunado chofer se hallaba en una calle del Vedado, sacando un gato del maletero de su carro. En eso, pasó la caravana real y los guardias pensaron que el hombre estaba sacando un arma. Siete AK-47 lo convirtieron en un colador sangriento. En otra ocasión, al pasar la caravana, unos niños jugaban sobre un árbol. Los escoltas vieron el “amenazante” movimiento del follaje y los tumbaron a todos como a pajaritos. Nadie pudo ni se atrevió jamás a hacer reclamaciones, nadie fue castigado, nadie recibió compensación alguna. Por ello, cuando el destino me puso delante a Mariela Castro, mi paranoia devino en psicosis. Y es que los Castro no escatiman en seguridad personal. Si la educación de Mariela costó millones –que, como ya he contado, benefició a mi esposa y a unos cientos sus coetáneas-, su seguridad y su modo de vida en general debe haber costado al país muchísimo más. Por ejemplo, en Cuba era voz populis que Mariela acompañaba a su madre, Vilma Espín, a París cada vez que ambas deseaban renovar su ajuar. Unos diez años después de que Leo, mi esposa, se graduara de la Escuela Formadora de Educadoras de Cojímar, donde fuera condiscípula de Mariela Castro, el camino de esta volvió a cruzarse en nuestra vida. Mariela inició entonces una relación sentimental con el hijo de un gran amigo nuestro. Aquel era bailarín de un importante grupo danzario nacional y su aspecto apolíneo le había ganado gran demanda entre el ámbito femenino. Y, quién sino Mariela para conseguir lo mejor de lo mejor. Al parecer, esta lograba todo lo que se proponía pues, en contra, incluso, del imperio de su querida madre, lo llevó a vivir al famosísimo bunker de calle 26 en Nuevo Vedado, residencia de Raúl Castro, uno de los edificios mejor guardados del país. Para el hijo de nuestro amigo, fueron meses de una luna de miel digna de las mil y una noches. Bojeos a Cuba en el “Pájaro Azul”, el yate del mismísimo gran hermano, digo, tío de Mariela; vacaciones en la “humilde” casa del pintor Osvaldo Guayasamín en Quito, Ecuador, etcétera, etcétera. Cierto día, a Mariela se le antojó pasar unos días en casa de sus suegro, nuestro amigo, quien vivía a la sazón en la barriada habanera de Lawton, cuya población no era muy aristocrática, por cierto. Una vez más, los Castro accedieron al capricho de su princesa sin escatimar, claro, en medidas de seguridad. El día anterior a la visita, un operativo de la seguridad del Estado, “recogió” a todos los pobladores del barrio con antecedentes penales o políticos. En Lawton, con una población de unos 30,000 habitantes, ello representaba la detención de un 10-15% de esta, una bicoca de más de 3000 detenidos. Por su parte, la policía reforzó su patrullaje de la zona, varios carros con apariencia pavorosa circularon lentamente en torno a la cuadra donde vivían nuestros amigo y un helicóptero sobrevoló incansablemente la zona día y noche con su traqueteo de aspas hasta que la visita terminó. De más está decir que mi amigo llamó secretamente a los íntimos, todos desafectos declarados, para que ni nos asomáramos por su casa hasta que su distinguida huésped se marchara. A partir de entonces, preferí que mi amigo me visitara, alejándome de su casa mientras duró el romance en cuestión. Fue entonces que mi madre murió. El hijo de mi amigo tuvo la amabilidad de ir a darme el pésame a la funeraria donde estaban expuestos sus restos. Pero, tuvo la genial idea de llevar a su novia, la mismísima Mariela Castro, a quien por primera e involuntaria vez conocí en persona. No digo que no fuera afable y simpática. No obstante -quizá fuera paranoia o el agotamiento de todo lo sucedido-, entre el gentío de dolientes, no sólo del entierro de mi madre sino de todos los otros seres queridos tendidos en aquella funeraria de barrio, se veían rostros amenazantes que echaban miradas sobrecogedoras a todo el que se le acercara a la princesa, sobre todo a mí, a quien se habían acercado la pareja a darme su pésame. Al terminar la visita de cortesía, coincidentemente, varios autos de aspecto siniestro abandonaron la funeraria. Así, que quedé más agradecido de que se fueran que de que hubieran venido. De más está decir que nuestros amigos, los suegros de Mariela, fueron “amablemente” atendidos por la seguridad personal de los Castro hasta que su hijo decidió “desertar” durante una gira a Europa, cayendo entonces, en completa desgracia. Por suerte, para mi tranquilidad y seguridad personal, nunca más hube de encontrarme con tan encumbrada persona.
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